Monólogos. VII: Yo, The “Tambor” Kid


Cuando yo era pequeñito, mis padres descubrieron que tenía oido. No sé que hice para convencerles pero el caso es que con 6 o 7 años me compraron una batería de “las de verdad”. Yo creo que como me pasaba el dia leyendo comics de Mortadelo y Filemón, querían que me relacionase un poco con otra gente. Fue el error más grande (y el único) que cometieron como padres… por la de tardes de siestas que les fastidié dándole a la batería. Y por eso, para mantenerme lejos de casa, me apuntaron en la Escuela de Música de mi municipio.

La banda de música de mi pueblo era, básicamente, una organización que nos explotaba a todos los chavales que ibamos allí a aprender algo. Muchos iban encantados. Todos menos yo que, como novato, iba a unas clases de lo que llamaban “la Cantera”, es decir,  el paso previo donde se formaban a un nivel más básico. Recuerdo perfectamente que nos daba clase una chica jovencita que tocaba en la Banda. Era como una alumna aventajada que tenía el “privilegio” de formar a los niños que íbamos llegando a la maquinaria. Me acuerdo que lo primero que me dijo cuando llegué a las clases de novatos es que tenía que aprender solfeo.

-“¿Solfeo?. Profe, pero es que yo toco la bateria… ¿pa´eso hay notas tambien?”
-“Si claro, Servan, parece mentira… Tienes que aprender a leer partituras, si no, te pierdes tocando con los demás…”
-“Si… pero yo toco la bateria… se supone que ellos me tienen que seguir a mi, ¿no?”

Primera cagada. Las estrellas de Rock tenemos ese carácter que con 8 o 9 años ya nos sale… La consecuencia fue que me tuvieron tocando el triángulo los tres primeros meses. Tocar el triángulo en aquella clase de novatos era lo más humillante que había. En la escala de los músicos, el que toca el triángulo está justo encima del que limpia la sala de ensayos. Lógicamente me iba a casa muy frustado, llorándole a mis padres para que me quitaran de allí.
Porque a mi lo que me gustaba era el tener mi bateria “de verdad” en casa. Yo llegaba allí, me encerraba en la habitación donde teníamos la “bataca” y me liaba a darle. No necesitaba partituras. Lo único que necesitaba era poner la tele a todo volumen con las cintas de video de un programa de videoclips que entonces daban en Canal Plus en abierto a mediodia. Recuerdo tocar la canción de Mink Deville – Demasiado corazón una y otra vez, sobre el sonido de la tele.
Entonces recuerdo que una vez llegó a casa mi padre, riéndose. Cuando mi madre le preguntó a qué venia esa risa, mi padre le contó que habia hablado con el Director de la Banda de Música.

El director solía subir a mi pueblo a dar clases particulares a los estudiantes mas avanzados, y como buen músico, entre clase y clase iba al único bar del pueblo, que justo estaba enfrente de mi casa. Y estando en el bar, oyó mi session con la bateria. Lógicamente, al ser un pueblo pequeñito, preguntó de quien era la casa, y mi padre que andaba por allí le dijo que suya. Al preguntarle por quien tocaba la bateria, mi padre, que lo veia venir, le dijo muy serio.
-“Pueees… mi hijo”
-“Vaya, y … ¿no han pensado en meterle en la banda?”
-“Si lo está… Dice que lleva dos meses tocando el triángulo.”

La siguente semana, entré en la Banda.

Tenia gracia porque los de percusión nos sentábamos atrás del todo y justo delante tenía la colleja de mi “profe” de solfeo. Me sentía muy a gusto, porque yo era un enano de 9 años entre tios de 24 o 25. Era como ir detrás en el autobús del cole, iba con los “más malosos”. En las bandas de músicas siempre suelen haber varios grupillos: Lógicamente, los malotes eran los de la percursion. Las tias buenas de las flautas eran un sector que nos quedaba lejos porque se sentaban en primera fila, por aquello de que se oyesen entre ellas. Luego estaban los metales (trompetas, trombones…), que querian ser tan guays como los percursionistas pero ellos tenian que currar más, con sus clases de solfeo, de prácticas, etc… y se perdían la mayoria de tinglados. Era como esos empollones que se quieren hacer pasar por enrollados: tienen la voluntad pero no la el tiempo libre. Después estaba el grupo mixto de los clarinetes… donde había algúno que otro bastante quemado por el típico comentario de “moja la caña para que suene, bribón!” que le dejábamos en su atril antes de entrar a cada ensayo… También estaba el mítico señor mayor de cada banda de música, que estaba allí desde que empezó la banda. Era como el bombo, tenia su rinconcito asignado el cual todo el mundo respetaba… curiosamente enfrente de las de las flautas… … … ¡ahora lo entiendo! ¡”Jodio” viejo verde!
Yo estaba encantado, porque me trataban como a un hermano menor. Recuerdo que en las clases por secciones, nos pillaba el director y los 10 primeros minutos nos “ladraba” por todo lo que habian hecho mis compis la semana anterior. Luego, en dichas clases, teniamos el sistema “enseña a Servan la nueva canción”, que consistía en que el director o alguno de los mayores tocaba varias veces la canción y yo intentaba aprendérmela de memoria. Aunque parezca algo raro, yo sabía lo que tenía que tocar a continuación porque “me sonaba”…
Para rentabilizar los instrumentos y uniformes, la Banda tocaba en toooodas y cada una de las procesiones que se hacian en el municipio. A veces teníamos la “desgracia” incluso de ir fuera a tocar, a otros municipios. Era lo más coñazo de todo. Lógicamente, a los conciertos no iba ni dios. Ahí es donde mas o menos me lucía, tocando la bateria. Pero en las procesiones, yo tocaba la caja. El Tambor. ¡¡Y lo odiaba!! Desde que empezaba la procesión hasta que terminaba 1 o 2 horas después, no paraba. Siempre tenía que hacer la mítica marcha que además marcaba el ritmo del paso de la banda (y de los que llevaban a cuestas la imagen religiosa). Siempre me hizo gracia que la velocidad de un santo dependiese de mi, un chico de 12 o 13 años… Que menos mal que tenía al director siempre ahí, que si no mas de una vez hubiese estado encantado de ir acelerando la marcha… hubiese parecido aquello el desfile de la legión…
Lo que más odiaba es que, debido al gran número de procesiones, todo el mundo me conocía no por tocar la bateria, sino por tocar “el tambor”. Yo me empeñaba en decir “toco la caja” (nombre técnico), pero es como en el wrestling: si lo llamas así nadie te entiende… Además, yo era un chavalin gordito, con una caja casi mas grande que yo… y siempre me parecia que lo de “ah! el del tambor!” me lo decian casi como para provocarme.

Y lo conseguían.

Seguro que a Dave Grohl o a Ringo Starr no le van diciendo “Ey! tu eres el del tambor!”.

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